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LOS PIES DE CRISTO

Ya estaba decidido.

La puerta se instalaría.

La puerta que comunicaría el refectorio con las cocinas sería colocada exactamente bajo la mesa del Cenáculo, borrando y destruyendo para siempre los pies de Jesús. 

Fray Gabriel no estaba de acuerdo.

Lo había dicho hasta la saciedad a sus hermanos dominicos.

Incluso había tenido la oportunidad de decírselo a Padre Pablo, pero no hubo nada que hacer el superior de los dominicos había sido inflexible. 

En primer lugar porque hacia falta aquella puerta comunicante y en segundo lugar porque había que borrar para siempre aquellos pies de Cristo tan deformes y tan poco “cristianos”.

El Messer Leonardo había pintado los pies de Cristo con juanetes.

Un defecto físico inaceptable. 

Un insulto a la figura perfecta del Hijo de Dios,

¿Cómo se le había ocurrido pintarlo así? ¿Cuál era el motivo?

Burlarse de nuestro Señor en un momento sagrado, la Ultima Cena.

Si, uno de los últimos momentos en los que Jesús con sus discípulos, todos reunidos, anunciaba su muerte, antes de dirigirse al huerto de Getsemaní. 

El fulcro, la piedra angular, la cifra estilística de toda la Iglesia Católica.

El Mastro Jorge el lunes siguiente tenía que demoler aquella parte de pared y colocar la puerta.

También el se había permitido decir a Padre Pablo que se podía evitar colocar la puerta en ese preciso lugar.

A el que había visto tantas pinturas, esculturas y frescos en las casas de nobles señores, le parecía una afrenta a la magnífica obra de Leonardo.

Pero Padre Pablo no atendía a razones.

Probablemente, en el fondo sabía que había una alternativa a ese pasaje, pero este era una buena excusa para borrar definitivamente aquel espanto de los pies de Cristo.

Además también su eminencia el Obispo había expresado su perplejidad ante la pintura.

No se podían dibujar los pies de nuestro Señor con aquel evidente defecto físico. Era inadmisible. 

Estos descreídos, esos artistas tan extraños y con la cabeza en las nubes.

Tan talentosos, tan irreverentes. 

Padre Pablo estaba convencido que aquella parte sacrílega de la pintura tenía que desaparecer.

El resto de la obra era fascinante, lleno de belleza religiosa, pero los pies de Jesús debían ser eliminados, además no era importante para la estructura de la pintura.

A Fray Gabriel le dolía en el alma. 

No aceptaba que la historia y la humanidad no supieran como era realmente el fresco de Messer Leonardo.

Pero justo el domingo por la mañana con las primeras luces del alba encontró la solución, un mensaje mágico, el que llega pocos instantes antes de despertar. 

En la primera misa se encontraría con el hermano de fe Fray Humberto, un buen pintor además de un excelente cocinero.

Sería Fray Humberto el que salvaría para siempre aquella imagen, copiándola, pintándola.

Y ¿si el tiempo no fuera suficiente?, bastaría con copiar los pies de Jesús.

Aquellos pies tan humanos, tan reales, tan parecidos a los nuestros.

Fray Gabriel sabía que Jesús se había hecho hombre entre los hombres, aceptando y exaltando la condición física del ser humano, porque el Padre así lo había querido. 

Dios nos había creado con nuestras debilidades e imperfecciones físicas, para recordarnos la fuerza y la posible perfección de nuestra alma.

Si Jesús se había hecho hombre, había nacido en un establo con olor a estiércol, entre un buey y un asno, había muerto en la cruz sufriendo y sangrando, si había hablado con pobres, ricos, fariseos, romanos y prostitutas, si había comido lentejas y espelta y había tenido dolor de barriga, o de muelas, si había querido la condición humana, que signo podría ser mas evidente del Amor por sus hermanos que compartir un defecto, que lo habría acercado todavía más a los hombres y su cotidianidad.

De esto estaba convencido Fray Gabriel y por eso se oponía a la eliminación de aquella parte de la pintura. 

El domingo por la mañana mientras se dirigía a la iglesia, Fray Gabriel comunicó a Fray Humberto su plan.

El domingo los frailes dominicos estaban atareados con misas, confesiones y cantos religiosos, por eso los dos franciscanos pudieron tranquilamente ocuparse de la obra de Leonardo.

Fray Humberto había llevado consigo todo lo necesario. 

Consiguió fácilmente copiar la figura de Jesús extrapolándola de la escena colectiva. La copió en una hoja de papel con un simple lápiz. Más tarde, con calma podía completar el boceto.

Regresaron contentos al convento y rezaron por la gracia recibida. 

Ese mismo día por la tarde mientras regresaba de pedir limosna, a Fray Humberto se le acercó, en una zona oscura de la calle, un tipo de mal aspecto que amenazándolo con una navaja quiso robarle el dinero que llevaba. Fray Humberto valiente y siempre dispuesto a evangelizar le dijo que su fin sería el infierno si osaba robar el dinero destinado a los pobres.

Pero el ladrón no se lo pensó dos veces e intentó arrancar de las manos del fraile la bolsa con las limosnas. Fray Humberto la defendió con todas sus fuerzas. Entonces el ladrón hundió con violencia la navaja en el pecho del fraile que se desplomó herido de muerte

La noticia se difundió por toda la ciudad. La caza al asesino estaba abierta. 

Fray Gabriel destrozado de dolor por la muerte del hermano no pensó en el dibujo.

De repente se acordó de que Fray Humberto lo llevaba consigo.

Además, Fray Gabriel estaba preocupado pensando que cuando apresaran al ladrón y recuperaran la bolsa con el dibujo, el padre superior se preguntaría porqué Fray Humberto lo tenía y porqué había copiado aquella figura.

Pasó una semana de búsqueda infructuosa, el ladrón no aparecía, probablemente había conseguido escapar. Fray Gabriel se preguntaba donde podría estar el dibujo, ¿quizás el ladrón no entendiendo su significado lo había tirado?

 

 

(…continuará) Primero de tres capítulos

Baldassarre Aufiero, marzo 2015 – Mozzafiato Copyright

Traducción de Ana Ortiz (La Coruña – España)

 

Ufficio Stampa